Para que tú me ames, he de hablar con el viento
He de hablar con la tarde, con la mañana y con la flor
He de ser el silencio de la injuria y el grito del sentimiento
¡para que tú me ames! He de hablarte de amor.
Recitare mis promesas a la noche, sin que lo sepas tú
Y se harán acción inconsciente a la hora de buscarte
Sabrás de mí, cuando llegue, pues te sentirás en plenitud
Y al cogerte entre mis brazos sabrás lo que vine a darte.
Para que tú me ames, no bastara con ser tu poeta
Seré el soldado que lidia y el escribano que te escucha
Y a la hora de estar contigo, te hablare como un profeta
Que, sabiendo de ti, pero sin verte, emprendió su lucha.
Secare tus lágrimas y el blanco pañuelo será mi mano
Para que esa misma mano jamás se atreva a herirte
La blasfemia del tacto estará inerte o muy lejano
Y su caricia marcara en tu piel lo que deseo escribirte.
Para que tú me ames, te recitare más allá del verbo fino
Ese mismo verbo mutara en relieve por tu carnal figura
Con ambas manos abriré tu cuerpo para que sea mi camino
Y en el sosiego de tu vientre hallare mi edén y mi sepultura.