En la alfombra de Babia, de verdor infinito,
donde el sueño se acuna con rimas de cristal,
yo vagaba a tu lado, por un numen bendito,
entre flores de mística y aroma bacanal.
Con tu bella y exuberante palidez de estrella,
me dabas la mano de nieve y de arrebol,
eras Venus, eras Diana, la ninfa más bella,
reflejando en tus ojos fragmentos de sol.
De pronto, el prodigio, las venas se helaron,
el flujo sanguíneo su curso detuvo en un hito,
nuestros cuerpos, de piedra, la tierra adoraron
ante el rayo de luz del espacio infinito.
¡Las Líridas! oro en la sombra vertido,
estelas de plata en el aire de raso,
que en un rapto de fuego, al mundo olvidado,
nos llevan al reino de Lira en un paso.
Un piano lejano, con notas de perla,
solloza en la estancia del valle nupcial,
mientras Hermes y Dafne acuden a verla,
perdidamente unidos en viaje astral.
Ya no somos de carne, somos mito y figura,
recorriendo el Olimpo de un sueño febril;
en la constelación de la eterna ventura,
nuestro amor es un verso de rima sutil.