Cuando la civilización marciana colapsó el aire del planeta dejó de ser respirable y miles de cápsulas fueron disparadas hacia nuestro mundo, que entonces estaba habitado mayoritariamente por insectos gigantes y dinosaurios. Pocos de los colonizadores consiguieron sobrevivir a los grandes depredadores terrestres, aún teniendo armamento avanzado, pero los que sí lo hicieron construyeron ciudades fortificadas y se reprodujeron rápidamente, de modo que en un plazo relativamente corto se convirtieron en la especie dominante. Muchos de ellos eran maestros científicos y pusieron su aporte para la creación del ser humano. Los criaron como ganado en granjas durante milenios hasta que los hombres cobraron conciencia de sí mismos y empezaron a desarrollar un ápice de cierta inteligencia similar a la de sus padres estelares. Éstos, al ver la increíble evolución de sus hijos, decidieron darles albedrío y esconderse metidos en túneles, galerías y ciclópeas construcciones subterráneas, como ya habían hecho en su antiguo hogar, gracias a la sofisticada tecnología que manejaban con absoluta destreza. Desde lo profundo analizaron el proceso evolutivo y calcularon la probabilidades de una final autodestrucción. Los resultados de las simulaciones eran de lo más nefastos, y todos quedaron asombrados ante la semejanza con ellos mismos, que habían agotado los recursos de su planeta de origen y lo habían contaminado y devastado hasta volverlo completamente inhabitable. Concluyeron que el colapso de la humanidad no les afectaría demasiado, pues ya se habían habituado a vivir bajo el suelo, y que debían dejar a sus hijos escoger su propio camino. Y al fin de los tiempos salieron disparadas de la tierra miles de cápsulas, atravesaron el espacio vacío y cayeron sobre la estéril arena roja
Cuando volvimos al claustro algo había cambiado. Todos los documentos donde estaba recopilada la información referente a la investigación habían desaparecido, y el ambiente estaba viciado de un tufo a plástico quemado. Mi ayudante se llevó las manos a la cabeza y yo me limité a mirar hacia otro lado. Ambos sabíamos quién era el culpable del allanamiento y del hurto, pero ninguno dijimos nada. Salimos del departamento a la calle y subimos a mí coche. Fue entonces cuando le comenté el plan que podría cambiar nuestra suerte. Él se negó a participar, pero eso no bastó para disuadirme. Lo haría yo solo. Me colaría a plena luz del día en la casa de los mafiosos disfrazado de uno de sus socios, con el cual tenía una semejanza extraordinaria. No sería díficil hacerme pasar por él. Solamente necesitaría una gabardina negra, un sombrero gris y chato, y un bigote postizo oscuro y lustroso como el betún, cosas que mi ayudante, sin interponer objeciones, aseguró que me proporcionaría. Sin embargo luego trató de disuadirme, inútilmente, aludiendo al peligro mortal al que me expondría. Le recordé lo bien que se me daba imitar a ese ridículo personage que era el banquero encargado de ocultar el blanqueo de dinero para beneficio de esa pandilla de criminales de pacotilla, y él forzó una media sonrisa sin despegar los labios, abrió la guantera y sacó mi vieja nueve milímetros. No olvides llevar a tu amiga, dijo.
Dos días después detuve el coche a un barrio de distancia de la casa de los mafiosos. Iba a salir sin el arma, pero mi compañero me agarró del brazo cuando abrí la puerta y me la ofreció sujetándola por el cañón. Por supuesto ya estaba disfrazado, y los pelos del bigote me cosquillearon la nariz de una forma que me hizo estornudar, además al poner un pie en la acera sin darme cuenta pisé el faldón de la gabardina y del tirón se le saltaron los botones, y el sombrero me lo arrebató un rufián que andaba en bicicleta. Como se puede suponer cogí un cabreo épico, más aún así mi mente calculó las probabilidades de éxito de un asalto directo, sin miramientos, y me terminó pareciendo la opción más óptima. Apenas recuerdo el resto. Lo que sé es que a la mañana siguiente desperté ileso en una cama de hospital. Mi inestimable ayudante estaba sentado a mi derecha. Como de costumbre no habló, en lugar de eso me pasó un periódico cuya fotografía de primera plana tenía toda la pinta de ser la portada de una película de acción conmigo como protagonista. De hecho me convencí de que estaba soñando cuando comentó en tono serio que un famoso director de cine estaba en la sala de espera impaciente por recibir mi permiso para llevar mi gesta a la gran pantalla