Y a ti te gusta jugar con fuego,
y a mí avivar incendios.
Tus gemidos son gasolina
cuando mi lengua recorre
cada pliegue ardiente de tu cuerpo.
Ardes en mis manos,
tiemblas al compás de mis embestidas,
y tus uñas dibujan surcos
que me reclaman más hondo,
más fuerte, más salvaje.
Tu sexo me incendia,
mi deseo te desborda,
y en el choque de nuestras pieles
no hay espacio para el aire,
solo para el hambre de poseernos.
Nos consumimos sin tregua,
hasta que los cuerpos exhaustos
quedan tendidos como cenizas
en un campo incendiado,
saciados, quemados,
pero deseando arder de nuevo.