En algún campo de flores la imagino,
un rostro que no he de olvidar,
Sus ojos donde el tiempo se detiene
y una sonrisa leve al respirar.
Cabello oscuro que el viento desordena,
como si el aire la quisiera abrazar,
y en la curva tibia de su risa
un breve paraíso echa a morar.
Hay en su gesto algo que no se nombra,
una quietud profunda, un callar,
como quien guarda luz entre la sombra
y la derrama sin querer brillar.
¿Qué sería rozar esa mejilla,
tan clara y suave como un abril?
Pensarlo apenas ya es maravilla,
un sueño frágil que no busca venir.
Y basta eso: saber que ella existe,
bajo este mismo cielo, en su lugar,
como una dulce brisa de otoño
que pasa lenta y me invita a soñar.