He aprendido
a ver la noche lentamente.
He aprendido
el idioma del silencio.
He aprendido
a contarte mis recuerdos,
y mi mal ya no pesa.
He aprendido
que las estrellas hace mucho no están,
mas tú las haces parpadear
como luciérnagas.
Quizás las estrellas
estén en los lotes,
y las luciérnagas
en lo alto del horizonte.
El viento sopla
y se quedan quietas.
Te hablé sin entender:
discernimiento,
susurraba el viento.
El viento me habla
de alguien que vino
en el presente, en el futuro
y del ayer:
Jesús de Nazaret.