Si alguna vez sientes que el gris de la ciudad se te mete en los huesos, y que tus pasos ya no caminan, sino que solo arrastran el peso del ayer, detente un segundo. Mira tus manos. Están vacías no por falta de suerte, sino porque olvidaron cómo sostener un sueño sin miedo a que se rompa entre los dedos.
Dicen que estamos locos por ver gigantes donde otros solo ven madera, pero, ¿acaso no es más triste ver solo madera y no sentir el viento? El mundo intentará podar tus alas con la tijera de la lógica, te dirá que el oro brilla más que el alma, y que el silencio es más seguro que un grito a mitad de la noche.
Pero yo te digo: bebe de la copa de lo incierto hasta que el miedo se emborrache. Danza sobre los escombros de tus propias dudas, porque la vida no es un examen que debas aprobar, sino un incendio que debes aprender a bailar. No hay herida más profunda que la de aquel que llega al final del camino con la piel intacta, pero el corazón lleno de telarañas.
Si dejas de soñar, si permites que la herrumbre cubra tu alegría, habrás muerto mucho antes de que la tierra te reclame. Sé el eco que molesta al orden, la nota discordante en el coro de los cuerdos. Porque al final, cuando el sol se apague y el viento sople por última vez, lo único que te llevarás no será lo que guardaste en el banco, sino los trozos de cielo que te atreviste a robar mientras todos dormían.