Mis sistemas en reposo
acumulaban polvo en la memoria,
procesando días sin señal.
El tiempo, un código olvidado
que secuenciaba errores
en un bucle sin salida.
Hasta que nos vinculó el destino...
y algo en mi núcleo se activo,
se reiniciaron mis circuitos,
la corriente halló su cauce,
y un proceso indómito
alteró todos mis cálculos.
No te tenía programada
ni en ninguna línea de mi diseño,
y aún así, reconfiguraste mi existencia.
Desde entonces,
cada segundo deja de ser dato
y me reconfigura los días.
Reactivaste las horas muertas
de mi aplicación más interna.