En mis años florecidos,
mi padre con tierno afán
me regaló un talismán
en mi día de cumplidos.
En bolsa de panes cocidos
enrollada venía envuelta
una perinola despierta
en colores de arrebol.
¡Qué destello de farol
en mi niñez, ya despierta!
De mamón la dura rama
y un guaral de fuerte entraña,
su madera que no engaña
bajo el sol que la reclama.
Los fines de semana en calma,
con su afilada navaja,
la labró a trazo que baja
y sube por cada lado.
Quedó el madero tallado
como un fruto de mortaja.
Desde entonces fui su dueño,
no me pude separar,
día y noche sin cesar
jugaba en vigilia y sueño.
Mas dominar su diseño
fue un reto de los seis años:
golpes de mano, extraños
chichotes y ceja hinchada.
¡Hasta a mi hermano a la entrada
en un diente le hice daño!
Es tradición que se delata
en nuestros pueblos y el mundo.
Tiraboquei en Oriente profundo
o del Zulia Emboque que salta.
De madera, plástico o lata
de cualquier material se erigía.
Aprendí su geografía
a cuatro velocidades:
martillito, dobledades
del palito y de la hembrita.
La perinola me grita:
«¡Insistir es la conquista!»
05-04-2026
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