Oh Dios, quebraste el misterio de la muerte
y en el templo se rasgó el enorme velo.
Se elevó tu persona en el alto cielo
y a la insondable muerte heriste de muerte.
Eres la luz que ilumina nuestra vida
y das sentido a la existencia terrena.
Tú, mi Señor, arrebataste la pena
al alma y sembraste esperanza, nacida
de la resurrección predicha y patente
por incontables milagros y visiones.
Se hizo tu cuerpo radiación explosiva
y en el lienzo grabó imagen permanente.
¡Cuántas pruebas, cuántas notorias razones
has dado para que la fe siempre viva!.