Bajo el dosel de la sombra envolvente,
donde la urbe sangra oros y añiles,
se rinde el río en curso reverente
espejando los fuegos proyectiles.
Miro el cristal del agua, y en su seno,
mi rostro es un vapor, un leve rastro,
que se disuelve en el fluir ajeno
como se apaga el brillo de un alabastro.
La mente huye del neón y el ruido
hacia el rincón de la herrumbre dormida;
allí donde el camino está perdido
y la estación, por musgo, fue vencida.
Revivo aquel andar, joven y leve,
entre las vías de plata abandonada,
donde el tiempo descansa, no se mueve
bajo la luz de una edad ya dorada.
Emerge aquel perfume, aroma cálido,
de quien fue sol en mi pastoral huerto;
compañera de un tiempo ya inválido
que hoy navega en mi espíritu desierto.
Fue mi égloga viva, mi sustento,
el pulso fiel de mi mejor jornada,
hasta que el avatar, en cruel momento,
dejó mi mano de la suya desatada.
Ahora el río sigue su camino,
me quedo en la orilla del presente,
aceptando el dictado del destino,.
la soledad, mi sombra permanente.