No es lo mismo estar solo que habitarme.
La solitariedad no es un cuarto vacío, es una casa con las ventanas abiertas donde el silencio respira sin pedir permiso.
Aquí no duele la ausencia, se acomoda.
Se sienta conmigo a mi mesa como una invitada deseada, que ya sabe dónde guardo los recuerdos.
No hay eco que me asuste, ni sombra que me persiga. Hay un pulso lento, una conversación sin palabras entre lo que fui y lo que todavía no nombro.
La solitariedad es este punto exacto donde no necesito ser visto para existir, donde el mundo deja de empujar y por fin me sostengo.
No es abandono, es elección. Y en esa elección, descubro que no me falta nadie, porque elegir ser solitario, no es estar solo.
Simplemente, me hacía falta yo.
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Rafael Blanco López
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