Las aguas cristalinas de un torrente
son coro angelical de dulces voces,
que a veces sus consejas son feroces,
y otras, de una harmonía sorprendente.
Me traen del Cantar de los Cantares
los versos más hermosos nunca escritos.
Se alzan del susurro, a voz en grito
consiguiendo harmonías seculares.
Diatónico de un ave cantarina
con fina melodía recamada,
que entre la flora dulce, en fin, divina,
me deja con el alma relajada.
No soy el lirio agreste ¡No lo soy!
Ni soy de Salomón la rosa ¡No!
Soy solo un vividor que, ¿cómo no?
Gozo siempre lo hermoso doquier voy.
Los verdes prados que mi Dios me ofrece.
Como el gozoso y singular placer
de ver al astro rey en su nacer,
y en su caer, ¡La luna, cómo crece!