JUSTO ALDÚ

LO QUE NO CABÍA EN LA TUMBA

Hoy tampoco hubo aviso

o quizá sí para algunos,

pero en general

nadie mandó un mensaje,

nadie actualizó el estado del mundo,

no hubo notificación que dijera:

“todo ha cambiado”.

 

La piedra no hizo ruido

o no el suficiente

para quienes duermen tranquilos

con sus certezas bien cerradas.

 

Y, sin embargo,

algo se movió.

 

No como explosión,

no como espectáculo,

no como esas victorias

que necesitan cámaras.

 

Fue más bien

como cuando la luz entra

por una rendija mínima

y arruina la autoridad de la sombra.

 

El hombre de Nazareth

ya no estaba donde lo dejaron.

 

Y eso,

eso es un problema.

 

Porque un muerto que no permanece muerto

desordena todos los sistemas:

los del poder,

los del miedo,

los del cinismo bien aprendido.

 

Hoy las ciudades siguen en pie,

las guerras no han pedido perdón,

el dolor no ha presentado renuncia.

 

Nada parece distinto.

 

Y, sin embargo,

hay una ausencia

que pesa más que la piedra:

la muerte

ya no tiene la última palabra.

 

No es que haya desaparecido,

sigue trabajando,

sigue cobrando,

sigue llenando habitaciones vacías.

Pero algo le falló.

 

Como una empresa antigua

que empieza a perder control

y no sabe en qué momento

se le filtró la luz.

 

Alguien vio vendas en el suelo,

alguien corrió sin entender,

alguien dudó,

como dudamos siempre

cuando la esperanza llega

sin permiso.

 

Porque creer hoy

no es más fácil.

Es igual de absurdo.

Es apostar

a que la vida insiste

incluso cuando todo indica

lo contrario.

 

Es mirar una tumba abierta

y no salir corriendo.

Es quedarse un segundo más

y aceptar

que lo imposible

no pidió autorización.

 

El domingo no grita.

No viene a corregir el mundo

de inmediato.

No borra la historia,

no limpia la sangre,

no responde todas las preguntas.

 

Hace algo más incómodo:

deja una grieta.

Y por esa grieta

entra una luz

que no resuelve todo…

 

pero lo cambia todo.

 

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