Dejar de quererte
es como pedirle al invierno
que florezca sin primavera,
como esperar que el sol
atraviese intacto
la obstinación de las nubes.
Todo se marchita, dices,
y sí…
hasta la fe en lo eterno
aprende a deshojarse.
Pero hay quienes,
con las manos llenas de grietas,
construyen paraísos
en medio de días grises,
como si el alma insistiera
en encenderse
aunque el mundo se apague.
Y uno se entrega,
no por certeza,
sino por esos instantes
donde lo efímero
parece infinito.
No te desvivas ahora,
deja que el tiempo
haga su trabajo silencioso,
porque en este desvaído
de lo que somos,
lo que queda
no son las promesas
ni los finales,
sino esos momentos breves
que, sin pedir permiso,
nos enseñaron
a sentir.