en el sancta sanctorum de mi pecho erigiste tu trono, donde cada latido era salmo y cada aliento tu nombre. fuiste el sol que nunca se ponia, la unica constelacion que guiaba mi naufragio hacia un puerto sin nombre.
un dia el cielo se rompio sin trueno ni advertencia, tu voz se volvio escarcha, tu mirada hoja de obsidiana. fria como la muerte que finge estar dormida, seca como el desierto que devora su propia savia. distante, tan distante, que el aire entre nosotros se hizo abismo y tu silencio verdugo de mi gana.
rogue, rogue con la garganta abierta en dos mitades, con las rodillas desnudas sobre brasas de humillacion. te ofreci mis venas como rios, mis huesos como puentes, y tu, reina de hielo, solo dejaste caer una migaja de compasion.
hasta que el cansancio, ese viejo sabio sin piedad, me cubrio los hombros con un manto de plomo y olvido. dejamos de hablarnos. el vacio se hizo costumbre, el silencio se hizo ley. y aunque aun te amo en la raiz mas honda y mas secreta, perdi el interes en mendigar tu luz de prestado.
hoy camino sin tu sombra y descubro, sorprendido, que el amor mas grande a veces se salva matandolo. no con odio, no con furia, con un cansancio tan puro que hasta el corazon aprende a respetarse a si mismo.
y en esa quietud donde ya no te espero, me doy cuenta, con escalofrio de alma desnuda, que el mayor acto de amor que te pude dar fue dejar de rogar.
y ahora por primera vez soy mas feliz conmigo mismo, sin tu frio, sin tu ausencia, sin rogar por migajas de cielo. he vuelto a ser mi propio sol, mi propia constelacion, y en este silencio que elegi por fin respiro entero, donde el alma se abraza a si misma y aprende que el amor verdadero nunca mendiga, nunca se rompe, solo se encuentra cuando uno se suelta y descubre que la luz mas pura siempre estuvo dentro de su pecho.