Y llegó aquella noche. Una cena de adolescentes, quizás. Conversaciones eclécticas al ritmo de un ron añejo, como yo, y de canciones diversas que se difuminaban en una atmósfera que, poco a poco, se fue tiñendo de deseo, hasta convertirse en una pintura de intensa pasión.
Y navegamos sobre olas delirantes, perdidos en un océano de placer. Nuestros cuerpos temblaron, sudaron y disfrutaron cada centímetro de nuestra piel. Hubo silencios y susurros. Ternura y lujuria. Besos cargados de “veneno” y besos que destilaron miel.
Y nos amamos una y otra vez: hasta el cansancio, hasta el sueño mismo, hasta que el deseo volvió a despertar, hasta la explosión final… hasta derretirme tras tu desvanecimiento, con tu mirada de ónix como testigo y tus besos y caricias como cómplices.
Y terminó aquella noche…