El deseo es como la playa:
la ausencia
disuelta en arena,
y las olas de la carne
rompiendo una y otra vez
sobre lo que no se puede tener.
Es de todos
y no es de nadie.
Pasa por el cuerpo
como la sal,
arde,
y se queda.
¿Y qué sería del deseo
sin esa sed
de poseerlo todo?
Nada más que un mar en calma,
que ya no llama,
que ya no arrastra,
que ya no vuelve.
Pero el amor es otra cosa.
El amor es esa vaina
donde todo se queda,
sin ganas de poseer,
porque ya lo tiene todo.
Y entre la playa y la calma
uno aprende a quedarse.