Bella Longeva
Érase, sublime como la flor
que arraiga en la grieta de mi boca,
retoños que tiemblan
y se apagan con el alba.
Érase furtiva,
como la luz que roza sin querer
la pared opuesta del espejo
con su desnudez sin sombra.
Érase que la hermosura,
marchita, yace en lunas pasadas —
ni eterna ni dócil
ante el hambre del reflejo.
Érase así hoy, bella longeva:
las arrugas que surcan tu frente
trazan mapas, no cuentas —
el tiempo no reclama
lo que nunca logró herir:
esa luz sin origen
que te delata cuando callas.