Te conozco en el mapa de tus silencios,
cuando la mirada se te pierde en la ventana
y sé exactamente en qué parte del pasado te has sentado a descansar.
No me hacen falta tus palabras,
me basta el ritmo con el que tus dedos tamborilean el azar.
Te conozco cuando mientes para no herir,
en ese ligero temblor que delata tu calma fingida,
y en la forma en que guardas tus miedos
debajo de esa armadura de hierro y despedida.
Conozco el color de tu voz cuando tienes frío,
y el gesto exacto que haces antes de rendirte a la risa.
Eres para mí un libro leído bajo la luz del río,
una historia que me sé de memoria y que nunca lleva prisa.
Te conozco tanto, que a veces me asusta,
porque reconocería tu rastro en una ciudad desierta.
No eres un misterio, eres mi verdad más justa,
una casa que habito incluso con la puerta abierta.
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