Mario Gonzales Benito

Viernes Santo: Caímos

Nos juramos castidad ante el Altísimo, pero el hambre nos hizo demonios,
y en esta madrugada de luto, el silencio de Cristo se rompió sobre el altar de tu piel.
Me provocaste con la maldad divina de quien sabe que voy a arder en tu infierno.
Mi sangre hirvió como vino sagrado en el cáliz de mis venas.
Mi hombría se tensó, indomable, reclamando su propio calvario.
Ya no hubo freno, solo un choque eléctrico de cuerpos en pecado mortal.

Tus manos me asaltaron bajo el peso de las sábanas, como garras de seda,
me recorriste con un hambre voraz que no conoce de rezos ni de iglesias,
apretando mi miembro que se erguía, grueso y latiente como un verbo encarnado.
Sentiste mi pulso golpeando tu palma, mi glande buscando tu humedad en la penumbra,
mientras el terciopelo de tu lengua moldeaba mi dureza, una y otra vez,
en ese ritual de saliva ardiente que me arrancaba la razón ante el cielo.

Me volví hacia ti para profanar tu centro, tu tabernáculo más sagrado.
Llevé mi mano directo a tu vagina, ese libro vivo de paredes tibias y empapadas,
un abismo de néctar hirviente que se abría, como el cáliz abierto de tu propia gloria, para mis dedos.
Sentí tu temblor desde la raíz de tu ser, una vibración que me subía por los brazos.
Tu respiración rota, como un ruego desesperado a Dios, contra mi cuello.

Y nos devoramos.

Ya no hubo tregua, ni mandamiento que nos detuviera.
Te busqué con el alma en la boca, olvidando el Calvario.
Te abrí como se abren las aguas para el profeta.
Me hundí en ti con la fuerza ciega de un animal hambriento de tu gloria,
penetrándote hasta el fondo, sintiendo cómo te desbordabas en olas de fuego líquido,
cómo te entregabas por completo al latido de mi embestida salvaje.
Todo ardió en un estallido de gemidos que sabía a paraíso y a condena eterna.

Viernes Santo... qué maldito y dulce pecado hemos cometido ante los ojos de Dios.
He recogido con mis labios cada gramo de tu carne, cada gota perlada de tu entrega.
Si esto es caer, que nos entierren juntos en el sudor bendito de este lecho.
Mejor vamos a crucificarnos los dos en este incendio de fluidos y deseo,
clavándonos el uno al otro en este madero de sábanas blancas,
o mejor, sigamos así... pecando hasta que el cuerpo se nos haga ceniza
y Dios nos perdone por habernos amado con tanta furia.