Leonel perez

Hacerse el Oman

Iniciemos involucrando esta frase en los conflictos familiares, justo cuando los viejos están más allá que de acá y los hermanos entran en la disputa de querer lo que dejen, pero esperando que otros cuiden de ellos hasta que se vayan. Si te toca ser el hermano tres o cuatro, debes hacerte el Omán; esto consiste en dejar que los otros discutan hasta que se maten de forma figurada, mientras tu estrategia se centra en cuidar de los viejos, hacerles firmar un poder y quedarte con todo en silencio, gestionando el legado con la paz de quien no necesita gritar para ganar. Este enfoque se extiende a otros escenarios comunes, como cuando estudiamos y toca hacer el trabajo en equipo. Es importante entender que una cosa es hacerse el loco o el vivo, de los cuales sobran, pero hacerse el Omán va más allá: te conviertes en el líder del equipo, asignas tareas y defines recursos de manera que los integrantes no tengan forma de medir quién trabajó más o quién gastó más. Vas revisando los avances y te involucras lo justo para que el trabajo sea óptimo, asegurándote de que el resultado salga adelante con el esfuerzo preciso y que, invariablemente, tu nombre esté en la portada.

Ya en el ámbito laboral, hacerse el Omán se asocia a un ganar-ganar donde lo fundamental es no atacar a nadie, manteniéndose siempre preparado con la mejor defensa por si fuera necesaria. En la vida en general, implica estar claro de que estamos rodeados de personas buenas y malas, y que irónicamente, aunque hagas algo muy bueno, colateralmente le harás daño a alguien; ni hablar si haces algo malo, pues afectas directamente al entorno con un efecto exponencial. Sin embargo, por equilibrio universal, todo termina siendo algo bueno para alguien más. Aquí aplica mi refrán, hacerse el Omán, que es entender que este matiz de comportamiento aplica en todo momento. La estrategia es ser siempre aquel a quien todos le desean que le sucedan cosas buenas y, a la vez, ser esa persona que se beneficia estratégicamente de un evento negativo ajeno sin haberlo provocado. Esta analogía nace de la posición geográfica y política que tiene el país de Omán: todos son sus amigos y nadie es realmente su enemigo. Para evitarse problemas milenarios, optaron por una doctrina neutral y actúan como el centro de mediación cuando las cosas se trancan entre los países de la región, convirtiéndose en la verdadera Suiza del mundo árabe. Hacerse el Omán es, en esencia, comprender que el mejor ataque es la defensa y que, si podemos evitar discutir, nos ahorramos tiempo que es lo mismo que dinero.