No me falta gente.
Me sobra espacio.
Las conversaciones me rozan
como el viento a una estatua:
la superficie se entera,
el mármol no.
A veces grito
en habitaciones llenas
y lo único que queda
es mi voz
aprendiendo a no esperar.
Mis afectos llegan,
tocan,
les abro…
y se quedan en el umbral,
sin saber
que la casa sigue hacia adentro
como un pozo.
No hay tristeza aquí.
Hay un cuarto sin ventanas
que no es cárcel:
es el único lugar
donde no tengo que traducirme.
La soledad no es un fallo del mundo.
Es la distancia justa
entre lo que soy
y lo que alcanzan a entender de mí.
Antonio Portillo Spinola @