El Tiempo del Amor
Cuando el amor no elige quedarse,
no es fracaso tuyo, ni error en tu mirar;
es que el viento sopla hacia otros mares
y no hay fuerza humana que lo pueda anclar.
No te hieras con preguntas sin respuestas,
no te acuses de no haber sido suficiente;
el amor tiene leyes que no se manifiestan,
y su ausencia no habla de tu valía, sino de su accidente.
Y si un día llega a tu puerta un corazón
que late por ti con fuego que no puedes compartir,
no le vuelvas la espalda con indiferencia o desdén;
reconoce su ofrenda, deja que su dignidad se alce,
y que se vaya en paz, sin que tu silencio lo hiera,
pues también es sagrado el amor que no se te concede.
Mas si la dicha doble te ha besado
—tu amor halló su eco, su espejo, su razón—,
y luego el amor, por razones que no alcanzas,
decide deshacer su nudo, romper su lazo,
no le reclames con el puño de la desesperación.
No intentes detener lo que ya tiene su curso.
Déjalo ir.
Como se suelta una hoja al río,
como se deja ir un barco en el horizonte,
como se libera un pájaro que ya cumplió su canto.
Porque el amor que se va también es maestro:
enseña el desapego con manos temblorosas,
siembra en la ausencia raíces más profundas,
y guarda en su partida una verdad que aún no es tuya.
El amor tiene su tiempo,
sus estaciones secretas,
sus inviernos de silencio,
sus primaveras lentas.
No florece por mandato,
no se retiene por fuerza,
no se explica en discursos
ni se encierra en promesas.
A veces llega como lluvia de verano,
caliente, repentina, sin aviso;
otras se demora como la savia en el tronco,
y cuando brota, es un milagro indeciso.
Y a veces se retira como la marea:
sin estrépito, sin culpa, sin medida,
dejando en la orilla la forma de su ausencia,
para que aprendas que el amor también es despedida.
Así que no te aferres ni te maldigas.
No endurezcas tu corazón con preguntas que no tienen dueño.
Ama cuando puedas, con todo lo que eres,
y cuando no puedas, honra desde el silencio.
Porque el amor, en su ir y venir misterioso,
no es un premio ni una falta, no es un lazo ni un peso:
es un río que pasa por el jardín de tu alma,
y aunque se vaya, deja la tierra húmeda,
y aunque no vuelva, algo en ti sigue creciendo.
Confía.
A su tiempo,
sabrás por qué ciertos amores fueron solo un umbral,
por qué otros no llegaron,
por qué algunos se quedaron apenas un instante,
y por qué uno —quizás, uno—
se quedará para siempre,
no porque lo hayas sujetado,
sino porque supo, como tú,
que el amor verdadero no se posee:
se reconoce,
se deja ser,
y cuando es real,
no necesita más que su propio latido
para volver a encontrarse una y otra vez,
en esta vida,
en este mismo corazón
que hoy aprende a soltar sin dejar de amar.
—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA
Abril, 2025.