Como si hubiera dos vidas en una.
Como entrar en túneles que desconozco.
Es un segundo, pero son todos.
Cuando no puedo acordarme
y sin embargo te recuerdo.
Cuando a la misma vez
soy yo pero soy otro.
Y sos vos, pero sos otra.
Como si al final fuera apenas un sueño.
Una forma nueva del abismo.
Un viejo salto al vacío.
Quién sabe adónde va a parar lo que pasó
y lo que no pasó,
si en tus ojos entra todo lo que existe
y todo lo que no existió.
A veces quisiera
poder vivir sin verte.
Y a veces quisiera no
poder vivir sin verte.
y dejar
la tristeza entre paréntesis,
poner el temblor
en cuarto intermedio.
No sé por qué
se me viene
todo junto el amor
con los años
que te olvidaron,
te cubrieron, te borraron.
Cuando ya nada puede ser
lo que tuvo que haber sido,
algo de culpa pasa por mí,
algo de culpa pasa por vos.
Culpables y víctimas,
y todo se explica
apenas con eso.
Como si hubieras alterado
la lógica de la mecánica,
del álgebra, del tiempo.
Un aroma como de no existir,
durar, languidecer,
morir a cuentagotas.
Pero al fin, nos pasa a todos.
Eso de morir a cuentagotas.
Entonces,
¿por qué tenías que ser vos?
La que sos.
Dulce, preciosa, innegable.
La que no me quiso en su vida,
o me quiso de lejos.
Siempre de lejos.
Eso somos?
De lejos.
Como si no pudiera
ser de otro modo
en un universo vacío.
Lejanía, distancia, ausencia.
Una vastedad
en la que al fin de cuentas
no estamos casi en ninguna parte.
Una ausencia que es todas,
y a la vez no es ninguna.
Una aproximación a ser.
Una estimación de presencia.
Y la esperanza que es siempre
el origen del miedo,
del error, de la angustia.
La esperanza, como un humo
que el tiempo dispersa.
Quizás por eso
se me extinguió el corazón
de quererte
y el cerebro de pensarte.
Hoy sí, te quiero,
pero con los órganos
que me van quedando.
Como una costumbre
vana y sincera,
o la última noche,
hermosa e inútil.
Como un afrodisíaco
del olvido, de la soledad,
del silencio.
A veces, cada tanto repaso
las mil razones
que tengo para olvidarte.
Pero lo cierto
es que cuando te pienso
nunca se me ocurre ninguna.
Porque yo te tengo
cada vez que te recuerdo, sí,
pero tenerte no es nada.
Vivirte
es lo que hubiera querido.
Tenerte
es un sustituto triste.
¿Y qué puede ser más triste
que un sustituto?
Un amague de vida,
un aplazamiento, no más,
de la muerte.
Porque al final
la vida se resume a quererte,
y vos, rechazarme.
A vos, recordarme unas veces,
y yo, a olvidarte otras tantas.
Yo, que estoy siempre
en algún lugar y vos,
que estás siempre en otro.
Y el tiempo
que no pasa y se queda
mirándonos sin saber
qué hacer con nosotros.
Si la tristeza es el duelo,
el amor es el misterio
que estalla en tu mirada.
Ecos de un silencio largo
que rebota entre las piedras
infinitas de otras manos,
de otras piernas, de otras caras.
Una furia enmudecida de la sangre,
de las lágrimas del alma.
Como una cruz sin Cristo,
o una antorcha sin llama,
Somos apenas
una anotación al margen.
¿Qué puede tener menos sustancia?