Se me deshacen los recuerdos
como escarcha al primer sol,
y cada día que pasa
tu perfume se vuelve apenas un aroma,
ya no la fragancia
que mi alma aprendió a amar.
Tus ojos…
antes eran universo,
constelaciones donde me perdía sin miedo,
y hoy los miro
como quien observa un cielo vacío:
solo ojos,
y nada más.
Tu voz
que era refugio
se ha vuelto eco conocido,
una puerta sin magia,
un sonido que no abraza.
Y el invierno…
mi estación predilecta,
la que esperaba como se espera un milagro,
hoy solo es frío,
un frío que no dice nada,
que no me nombra.
A veces pronuncian mi nombre
y giro,
como si aún me perteneciera,
como si aún supiera quién lo lleva.
Rostros que juran amarme
me miran con ternura,
pero yo…
ya no recuerdo qué es amar.
Dicen que es él,
un visitante silencioso,
un tal Alzheimer
que entra sin tocar la puerta,
se sienta en mi memoria
y desordena la vida.
Se lleva mis días,
mis nombres,
mis inviernos,
mis universos.
Y aquí quedo,
deshojándome lento,
mientras olvido incluso
que estoy olvidando.