He dejado de acudir a mis encuentros sigilosos,
al rincón poblado de eventos y comuniones biológicas.
He abandonado a mis postrados amigos,
que no dicen nada, pero que contaron tanto.
He dejado de consumir tardes amplias y despejadas.
Hace mucho que no voy a la comunidad de los horizontales.
Supe del retorno del año mil novecientos y restos
a pesar de que en ese tiempo aún no veía el sol,
pero pude ver grietas asimétricas y otras intangibles.
Resulta difícil la insensibilidad ante el tiempo de los tales.
¡Tanta nostalgia en las aceras discontinuas!
Es mi deseo volver con actitud sumisa y callada
y recorrer las funestas angosturas con actitud de historiador empírico.
Quiero agotar la mirada en la hora dorada,
a través de un inventario geográfico, agreste y pueblerino,
que permita una mirada atemporal, sin ruidos y sin premoniciones.
Es preciso recorrer los intrincados caminos rodeados del espeso gris,
atenuados por múltiples fechas y alguna sencillez del olvido sin cruz.
Es preciso activar la memoria auditiva para distinguir: congresos infantiles,
tertulias familiares, avisos presurosos y aciagos, despedidas sin voz,
risas de años recientes, cantos floridos y tétricas campanas.
Se puede decir que se trata de una ciudad paralela,
con procesiones de recuerdos y altares temporales.
También se puede saber de lágrimas que no deslizan
en la pequeña ciudad de las fiestas cronológicas.
¡Tenue ciudad densamente poblada de ayeres!
Me pregunto, ¿cuáles son los acordes del callado abandono?
He visto algunos mil novecientos coloridos y vegetales
y también he visto dos mil veinte y tantos, lúgubres y arcillosos.
También he visto verticales homenajes para un silencio compartido.
Algún día quizás logre ver a la hermana rizosfera
y quién sabe si escuche la callada tristeza de un vecino extendido.
Mientras llega el día de mi horizonte permanente,
debo y deseo volver a las caminatas melancólicas
y sentarme dulcemente acompañado de floreros vacíos y flores fechadas.