Venías de un mundo
que mis ojos jamás pudieron dibujar,
como si fueras un trazo imposible
en el lienzo torpe de mi certeza.
Traías en la piel un idioma secreto,
un murmullo antiguo que no supe traducir,
y en la mirada, constelaciones vivas
que desafiaban todos mis mapas.
Eso amé de ti:
la extrañeza que no pedía permiso,
el misterio latiendo en cada gesto,
la forma en que tu silencio
no callaba,
sino que abría puertas
a universos que nunca soñé habitar.
Y me quedé,
no por entenderte,
ni por domesticar lo indescifrable,
sino por la belleza intacta
de perderme en ti,
de aceptar que hay amores
que no se resuelven,
solo se contemplan.