Ruben Buelvas

MEZUZA EN MI CORAZÓN

En la puerta de mi casa, hay un secreto al entrar,  

un pergamino pequeñito, hablando de la Torá, 

Letras que el tiempo no borra, fuego antiguo en el klaf,  

dos pasajes que me llaman, a volver a comenzar.  

 

Cuando cruzo ese umbral, siento algo más que el viento,  

como un abrazo invisible, que me cubre el pensamiento.  

Cada línea escrita a mano, es promesa y es señal,  

que mi vida y mi casa, se inclinan hacia el Shemá.  

 

Mezuzá en mi puerta, guardián de mi andar,  

tu silencio graba el nombre, de Hashem en mi hogar.  

Te toco y beso mis dedos al pasar, que Su luz me acompañe 

al entrar y al salir de este lugar.  

 

Mezuzá en mi puerta, corazón en el umbral

entre madera y misterio, late un pacto eternal.  

En tu pequeña cajita, llevo un cielo de papel,  

recordándome quién soy, a quién amo y a quién soy fiel.  

 

En el lado derecho espera, un poquito inclinada a mí,  

como si el corazón de la casa, se acercara para oír.  

Deuteronomio en sus giros, susurrando al interior,  

“Escucha, Israel”, me llama, 

“ama a Adonái con todo tu corazón”.  

 

No es amuleto ni llave, es memoria y es verdad,  

es la historia del pueblo andando entre el desierto y el mar.  

Cada vez que la contemplo, se me alinea el caminar,  

como quien vuelve al camino, que no quiso abandonar.  

 

Cuando el miedo se asoma por la ventana del ayer,  

cuando el ruido de la calle no me deja ver quién soy,  

rozo el borde de tu estuche y vuelvo a pertenecer,  

a un pueblo, a una promesa, a una voz que dice: “Aqui Estoy”.  

 

No hay cuarto sin tu recuerdo, ni noche sin tu señal,  

dejas huellas en mi puerta, dejas paz en mi umbral.  

Y aunque el mundo se deshaga más allá del corredor,  

en tu pergamino enrollado se sostiene mi valor.  

 

Mezuzá en mi puerta, guardián de mi andar,  

tu silencio graba el nombre de Dios en mi hogar.  

Te toco y beso mis dedos al pasar,  

que Su luz me acompañe al entrar y al salir, a reír y a llorar.  

 

Mezuzá en mi puerta, que nunca falte en mi hogar,  

que en cada marco que cruce vuelva siempre a recordar:  

en este humilde pedazo de pared y de papel,  

habita un pacto infinito entre mi mundo y Él.  

 

En el marco de la puerta se queda mi oración,  

cada vez que la atravieso vuelvo a hacer la bendición.  

Entre beso y caricia sé que no camino igual,  

porque en la entrada de mi casa hay un pedazo de eternidad.