Hay días en que solamente coincidimos
con nosotros en los sueños.
Días con sus noches,
en que mandamos al cuerpo
a hacer lo nuestro.
Horas que dejan tiempo
para reencontrar
la caricia, el cariño,
la compasión, el beso,
la comprensión, el abrazo.
Tiempo muerto que no cuenta,
que permite sentarse
en el borde de la costra de la herida,
sentir la suavidad y la esponjosa levedad
de la manta que nos tapa,
poder acariciar nuestra ropa y sus zurcidos,
sin importarnos sus hilos trenzados
con paja de secano,
con flores muertas,
con madera quemada,
con hojas secas.
Tiempo para descubrir que nuestro traje
ni araña ni pesa,
ni aplasta contra el suelo,
ni mucho menos nos cose a la tumba
con puntadas de piedra.
Hay días de destilar,
sacar de ellos licor y colonia
y poder olerlos y beberlos
el resto de nuestros días.