La paciencia de los huesos
Augustinos · Cuerva · Candela
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El cuerpo ya no pide,
solo se deja estar.
Hay una calma que no es resignación
es otra forma // de esperar.
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Los huesos tienen ritmo
de piedra y de raíz.
No se quejan, no llaman, solo aguantan
el peso gris // de lo que ya no está.
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La carne se ha cansado
de tanto recordar.
Pero los huesos, firmes, en silencio,
saben guardar // sin desgastar.
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A veces pongo un hueso
de la mano en mi pecho
y siento que el esqueleto me sostiene
desde ese hueco // que dejaste hecho.
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La noche es larga, pero
los huesos no la miden.
Ellos saben que el tiempo es una herida
que no se cierra // solo se olvida.
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Bécquer habló del alma,
pero el alma vuela.
Los huesos son más fieles: se quedaron
con tu cadera // que era tan tuya.
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No te espero con ansias,
te espero con los huesos.
Con esa lentitud que no se agota,
con ese peso // de los que regresan.
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Porque al final del cuerpo,
cuando todo se acabe,
solo quedarán ellos, y en su forma
tu nombre grave // y mi ternura.
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Epílogo
La paciencia de los huesos no es heroica ni luminosa. Es una paciencia oscura, mineral, que no pide nada porque ya no espera nada. Solo sostiene. Solo aguanta. Solo guarda la forma de lo que un día fue, sin reproches, sin esperanzas, sin ese dolor agudo del corazón que todavía cree.
Este poema es melancólico porque los huesos son melancólicos. No tienen la urgencia del amor joven ni la rabia del despecho. Tienen la tristeza quieta de las cosas que saben que el tiempo pasa y que ellas, al final, serán lo único que quede. Y en esa quietud, en esa fidelidad sin gestos, hay una belleza que duele. Una manera de amar que no se grita: se lleva dentro, en el esqueleto, mientras la carne se va apagando.
Autor: Augusto Cuerva Candela
País: España, Madrid
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