El oficio de quererte
Querida hija, nadie dijo que al primer llanto tuyo
se sembrara en mi corazón un vigilante eterno
contra el filo del mundo, contra cada sombra
que osara rozar tu vuelo.
En ese instante el azar se volvió oficio
y la fragilidad de tus días, un mapa
que aprendí a leer con las manos temblando
de ternura y de espanto.
El rosa y el morado florecieron en mi sangre
como dos nuevos dioses que cambiaron
el orden de mis soles,
y las tardes de té con tus muñecas
se alzaron en altar de mi paciencia.
Tu risa fue dictando cada paso,
y el maquillaje se volvió lenguaje
para entender tu asombro,
para nombrar el mundo con tus mismos colores.
Querida hija, nadie anunció que tu voz pequeña
despertaría en mí una guerra santa
contra cada palabra que limitara tu vuelo,
contra cada silencio que te hiciera más pequeña.
Aprendí a ser aliado de tu sombra,
a desmontar los cuentos donde el amor espera pasivo
mientras la princesa paga el precio de su belleza con quietud.
Tu libertad se volvió mi bandera,
y al cuidarla comprendí que defender tu asombro
era también cuidar a quien me dio la vida en tu mirada.
Porque verte crecer me devolvió a tu madre
con un brillo más hondo,
con la evidencia de que lo inmenso cabe
en un mismo corazón sin desgastarse.
Querida hija, nadie preparó mis huesos
para la invasión de esa ternura
que ahora habita hasta en la forma en que doblo tu ropa
o en cómo celebro cada nueva ocurrencia tuya.
Las princesas de celuloide cruzaron mis defensas
y ahora sus canciones se anudan en mi garganta
como promesas que no supe pedir cuando yo era niño.
Luego llegó el día en que tus ojos
se abrieron más allá de mi orilla,
y entonces conocí la devastación silenciosa
de saber que el mundo te mira con otros ojos,
que pronto habría nombres que no serían los míos.
Me hice centinela de tu umbral,
arquero de tu tiempo,
y en mi corazón creció un odio manso pero firme
contra cualquier osadía que amenace tu nombre.
Querida hija, nadie me contó que cabría tinta en mi asombro
por la forma en que eliges una prenda
o cómo tu criterio se afila mientras me arrastras por tiendas
con la alegría de quien sabe que el tiempo contigo es fiesta.
Mi vulnerabilidad se hizo visible como una segunda piel,
y ahora las canciones de tu banda favorita
son también mi himno,
porque tu alegría se contagia hasta en los acordes
que antes me eran ajenos.
Cada día te veo y quiero detener las horas con las manos,
sellar tu infancia en un frasco
para que la herida del crecimiento no toque tu costado,
para que el tiempo sea dócil y se olvide de pasar.
Mas sé que creces como la luz del alba,
imparable, hermosa,
y entonces solo me queda correr para alcanzar
a ser siempre el puerto donde tu nave sepa que hay descanso.
Querida hija, mi única meta se despojó de todo oropel
para volverse simple como el agua:
verte sonreír y que en tu sonrisa
yo siga siendo el héroe de juguete que un día te sostuvo en vilo.
Por eso el porvenir que imagino no tiene lujos ni grandes gestas,
sino tu mano en la mía mientras el mundo ruge afuera
y yo te cuento que no hay monstruo
que pueda con la certeza de mi guardia.
Y aunque sé que vendrá un día de velo blanco y música solemne,
ya me anticipo a esa hora con un nudo que crece,
porque habré de verte hermosa
y sabré que el llanto de tu madre será apenas un ensayo del mío.
Nadie anunció que las bodas se volverían territorio de duelo
por lo que se entrega y se bendice,
por la niña que parte y la mujer que nace
mientras el padre asiste en silencio.
Querida hija, llegará también la tarde
en que un bebé anide en tus brazos
y yo guardaré secreta mi esperanza de que sea niña
para ver repetirse el milagro,
para que otra vez la ternura se vista de rosa y morado.
Entonces entenderé que este amor no es un círculo cerrado
sino un río que se entrega a otros cauces sin menguar su caudal,
porque mi corazón ya no me pertenece
desde aquel primer llanto tuyo.
Late por ti, late para verte feliz
como un faro que solo encuentra sentido en alumbrar tu costa,
y en esa tarea he perdido toda prisa por mi propia orilla.
Así es este oficio de quererte:
una entrega sin manual,
un vértigo sin nombre
que me encontró desnudo y me vistió de padre
con tu sola presencia, para siempre.
—Luis Barreda/LAB
Montrose, California, EUA
Noviembre, 2023.