El tiempo aprendió a leer,
mapas que se hunden en la madera,
ciudades donde el hambre
no se nombra,
y manos que son cortezas de piel.
Descansan
sobre las rodillas,
como dos volcanes antiguos,
que sobreviven a la nieve.
Me acerco a tu sillón,
un templo. una paciencia
una respiración que no necesita
demostrar su espacio de vida.
En tu cuerpo hay un nudo
la dureza de la madera.
Aquí el dolor se anuda,
ahora deja las huellas
de todo lo que no se fue.
La ciudad gira sin detenerse,
Repitiendo lo que no entiende,
mientras guardas el silencio.
Miras,
hay una raíz que me sigue.
No vine a hablar.
la confesión del nudo,
dormida en la sangre
que también es mía.
Nuestras manos descansan
sobre tu sillón.