El mar no es solo mi amigo.
Es el único que sabe todo de mí
y no me pide explicaciones.
Ahí están mis secretos,
los que nunca dije en voz alta,
y también mis miedos,
los que me rompieron por dentro.
Hoy estoy acá, con ellas.
Mis amigas.
Mi refugio.
Las que me vieron caer sin maquillaje, sin palabras, sin fuerzas…
y aun así se quedaron.
¿Te das cuenta lo que es eso?
Que alguien vea tu peor miseria
y en vez de irse
se acerque más.
Eso hacen.
Se quedan.
Abrazan.
Sostienen lo que ni vos podés sostener.
Y entonces el mar…
El mar siendo el mar.
Inmenso.
Indomable.
Verdadero.
¿Cuántas promesas le hicimos?
¿Cuántas veces le tiramos el dolor
como si pudiera tragárselo todo?
Y lo hace.
Se lo lleva.
Lo transforma.
Vio nuestros pasos torcidos,
nuestros amores rotos,
las lágrimas que no queríamos que nadie viera,
los gritos ahogados en el viento.
Vio todo.
Y nunca nos juzgó.
Fogones, piel ardiendo de historias,
risas que parecían eternas,
amistades juradas como si fueran para siempre.
Y yo acá…
mirándolo.
Sabiendo que soy de este lugar.
Que hay algo en mí que siempre vuelve.
Aunque me pierda.
Aunque me rompa.
El mar me reconoce.
Me nombra sin decir mi nombre.
Y yo respiro.
Y agradezco.
Con el cuerpo, con el alma, con todo lo que soy.
Porque hay días en los que una no se salva sola.
Y hoy…
hoy me salvaron ellas,
y este mar que nunca se va.