Luis Barreda Morán

La Llave del Hambre

La llave del hambre

I

No es un secreto a voces,
sino un grito que se pudre en las gargantas
de quienes cuentan las monedas
antes de contar los sueños.
La parte de la humanidad que no conoce el hambre
tiene en su poder la pobreza del mundo.
No la heredó de un dios ni la encontró en el suelo;
la tejió con sus manos,
la selló con sus leyes,
la durmió en sus conciencias
como quien arrulla un perro para que no ladre.

II

Mira el mapa:
los ríos de oro corren hacia el norte,
los mares de grano navegan hacia el puerto
donde los niños aprenden
el nombre de los bancos
antes que el nombre de los árboles.
Allí, en la mesa larga del banquete perpetuo,
sobra el pan mientras se planifica el hambre,
se calcula la sed,
se indexa la miseria
como un activo más en el balance anual.

III

Porque la pobreza no es un accidente,
ni una tormenta que cayó del cielo,
ni una plaga bíblica,
ni el destino que escriben los horóscopos.
La pobreza es un cultivo:
se siembra con decretos,
se riega con indiferencia,
se abona con el miedo
y se cosecha en cuerpos
que aún no saben leer,
pero ya saben cómo duele
el hambre en las costillas.

IV

La parte que no conoce el hambre
tiene almacenes,
tiene flotas,
tiene ejércitos de números
que marchan en pantallas de cristal líquido.
Tiene la llave de los silos,
tiene el grifo del agua,
tiene la pluma que firma
qué país se ahoga y cuál se salva.
Y, cuando la pobreza aprieta,
ellos llaman “mercado”
al mecanismo exacto
que convierte la vida en una cifra
y la muerte en un gasto previsto.

V

He visto al hombre del traje impecable
decir “sostenibilidad”
mientras el humo de sus fábricas
tapa el sol de los otros.
He visto a la mujer de las obras de caridad
posar con niños desnutridos
para la foto que redime su agenda,
y después, en la junta directiva,
votar contra el salario,
contra la tierra,
contra la escuela pública.
La limosna no quiebra el sistema;
la limosna es el tornillo
que ajusta la jaula.

VI

Pero también he visto
a los que no conocen el hambre
despertar un día
con el espejo roto.
He visto al hijo del banquero
preguntar por qué su padre
duerme con pistola bajo la almohada.
He visto a la heredera
quemar los papeles de su herencia
y sembrar con sus manos
en la tierra que antes fue valla.
Porque también en ellos
habita una grieta,
un resto de humanidad
que el lujo no ha podido asfaltar.

VII

La pobreza del mundo no es una cosa
que esté ahí, afuera,
como un territorio aparte.
Es el eslabón podrido
de una cadena que nos sujeta a todos.
El que no conoce el hambre
también es pobre:
pobre de memoria,
pobre de vínculo,
pobre de ese saber que da el compartir
el pan y la palabra
en la misma mesa.

VIII

Entonces, ¿qué hacer
cuando la evidencia pesa
como un planeta sobre la espalda?
No basta la poesía —lo sé—,
ni este poema que se escribe
mientras afuera el hambre
no espera las estrofas.
Pero algo es poner nombre,
algo es decir:
«La parte que no conoce el hambre
tiene en su poder la pobreza del mundo».
Y nombrar es ya un principio,
un pequeño desvío en la corriente.

IX

Que sepan los que tienen la despensa llena
que su abundancia es deuda.
Que sepan que la paz
no se construye con muros,
sino con puentes que se cargan
de maíz, de agua, de futuro.
Que el poder que poseen
no es un tesoro,
es un encargo:
el mundo está en sus manos
como una criatura que aún puede
ser curada del veneno
que ellos mismos vertieron.

X

Y, si un día la balanza
se invierte por la fuerza de los justos,
que no haya venganza,
que no haya otra hambre
con distinto apellido.
Que la parte que ahora no conoce el hambre
aprenda, por fin,
que la riqueza verdadera
es repartir el pan
y sentarse al final,
cuando todos hayan comido,
a celebrar la fiesta
de lo compartido.

Porque la parte de la humanidad que no conoce el hambre
tiene en su poder la pobreza del mundo.
Y también, si lo quiere,
tiene en sus manos
la llave para abrirla.

—Luis Barreda/LAB
Montrose, California, EUA 
Noviembre, 2022.