I
Seguro estoy que ya no habrá dolor,
mis miedos se los ha llevado el viento;
el tiempo y el silencio del rigor,
curaron en la ausencia mi tormento.
II
No soy aquel de antiguas primaveras,
ni el hombre que el temor solía cegar;
hoy mi fe rompe todas las barreras,
y en Tu gracia me aprendí a restaurar.
.
III
Reconozco mis sombras y heridas,
sabiendo que desde ellas no se ama;
solo desde la fe y manos unidas,
se enciende del espíritu la llama.
IV
Dios concede el retiro y la distancia,
no por castigo, sino por valor;
para hallar nuestra propia y fiel fragancia,
y darnos lo que Él guarda por amor.
V
He vuelto a mi centro más profundo,
aprendiendo en la espera a valorarme;
quien ama de esta forma en este mundo,
ve el rostro del Señor para salvarme.
VI
Sin que sea blasfemia, eres Su rostro,
pues me recuerdas Su paz y Su luz;
ante tu templo de gracia me postro,
viendo el temple de quien cargó Su cruz.
VII
Representas la fuerza que no se rinde,
la ternura de Cristo en tu mirada;
mi amor es un lazo que al cielo se extiende,
pues lo he tamizado en paz restaurada.
VIII
Bendigo cada fecha que he vivido,
como dulce quimera y santo sueño;
cada instante contigo es bendecido,
pues de mi propia luz me hiciste dueño.
IX
Quisiera detener el pulso de los años
y hacer de cada día un sábado eterno;
el día en que tu luz borró mis desengaños,
y en mi mapa interior te quedaste, tierno.
X
Quisiera que los meses sean febrero,
tiempo de renuevo y de segundo nacer;
donde el frío del alma fundió tu lucero,
y aprendí, por fin, lo que es florecer.
XI
¡Bendito aquel jueves, aquel veintiséis!,
septiembre grabó su rastro divino;
la resurrección que hoy en mis ojos veis,
es el fin de la sombra y el nuevo camino.
XII
Murió allí el niño de antiguos temores,
el joven que el mundo dejó sin poder;
y el hombre sin rostro cambió sus dolores,
por la mística gracia de un nuevo ser.
XIII
Y aunque lo vivido parezca tormenta,
un mar de naufragios y oscuro rigor;
nada en mi cuenta hoy se lamenta,
pues todo fue el precio de hallar tu esplendor.
XIV
Vivir en la luz, habitar en tu gloria,
vale cada herida y antiguo sufrir;
eres el hito que cambió mi historia,
¡el jueves sagrado que me enseñó a vivir!
XV
Me quedo en Tu voluntad, Maestro eterno,
glorificando Tu plan con humildad;
vencí al vacío y al frío del invierno,
¡y hoy marcho en paz hacia Tu eternidad!