Entonces te escuche cuando solo quería silencio.
Fecundo en tus palabras,
me enseñaste los dones de la tierra.
Esas piedras ocultas y vírgenes,
que guardan el secreto de los hombres.
De los primeros seres que perplejos fueron el principio de todo.
Nacieron con el fuego y la semilla que trasciende.
No tenían nombre, solo las miradas y el manto creador.
Temían ese camino lechoso de estrellas que abrigaba sus noches.
Esa inmensidad fue la cuna de sus leyendas y sus ritos.
Hipnotizados por tanta vastedad no entendieron su destino.
Entonces desperté y ausente de lo cotidiano viaje contigo.
En la barca de los siglos.
Descubrí en la pequeñez de mí ser,
La grandeza del todo,
el idioma y los gestos.
El abismo donde nacen las utopías y los mitos.
La revelación del amor,
que nació como un capricho del universo,
Trascendente y sublime,
Misterioso y cautivante.
Absorto resistí las ráfagas del tiempo.
Entonces allí, donde todo era confuso,
me sentí frágil e indefenso.
Pero no temí,
me entregue sumiso,
a ese sagrado y aflautado himno,
De las melodías que surgen de las voces perdidas.
Entonces comprendí,
que no debía esperar ni esperarte.
Solo amanecer con la brisa y guarecerme en el ocaso.
Entonces comprendí que no existen los finales…
Solo las consecuencias y el pasado.