No nací monstruo,
me hicieron leyenda a golpes,
a traición,
a silencios que dolían más que los gritos.
Antes de las serpientes
tenía sueños suaves,
manos que sabían amar
y una fe tonta en la gente.
Pero vinieron…
con promesas disfrazadas de cariño,
con besos que eran veneno lento
y palabras que me fueron rompiendo sin ruido.
Y un día…
dejé de llorar.
Ese fue el verdadero hechizo.
Mis lágrimas se secaron
y en su lugar nacieron estas serpientes,
que no son castigo…
son memoria.
Cada una susurra un nombre,
una noche,
una herida.
Ahora dicen que soy peligrosa
porque ya no bajo la mirada,
porque mi voz no tiembla
y mi corazón aprendió a no arrodillarse.
Pero no…
no convierto en piedra por maldad.
Convierto en piedra
a quien viene a jugar con lo que me costó reconstruir.
Porque yo ya caminé el infierno,
me hice reina entre cenizas
y aprendí que a veces,
para sobrevivir…
hay que volverse mito.
Así que mírame bien
si te atreves.
No soy la villana de tu historia…
soy el final que no pudiste soportar.