En mí tu ausencia ha sembrado
un vacío más que inmenso,
a do percibo que me hundo
con cada agrio pensamiento
que tu nombre regurgita,
¡regurgita en mil lamentos!
y con ansia se lo traga
como si negase el hecho
de que a mi vera no se haye
tu entero y tu bello cuerpo.
No de tan amargo asombro
el aliento recupero,
¡me anego!; fáltame el aire
cual de ti manco lo mero.
Bien que sí tu efigie resta
dibujada en mis adentros
y con regocijo máximo
logro acceder al recuerdo,
mas mi alma no se contenta
por ser finito consuelo.
Y vano es el resultado
si tu desdibujo intento,
pues perenne grabadura
habita e hinche este mi pecho.
No quisiera desgrabarte
ni olvidarte aunque pretendo
no sufrir por tu persona;
tu persona y sus momentos.
Mas ¡qué trampa más atroz
es contradicción que tengo!
Navegar solo el ahora,
o avanzar con tu lamento,
te apela sin cese alguno
trastocando más el seso.
Pese a hallar deseo, no hallo
ningún fructífero método
para vivir sin el ancla
que arrastro con harto esfuerzo
por negras profundidades
de un vasto océano e incierto.
Bajo océanas mareas,
sobre este sombrío lecho…
En esta noche infinita,
infinita del recuerdo,
divaga mi pobre ser
y elucubra sin dos dedos.
Es la vesania: me ahoga
impidiéndome estar cuerdo
y poder desancorarme
y flotar hasta el sosiego.
Allí tanto anhelo estar…
Ignoro cómo, mas ¡quiero!
La deriva no solventa,
mas mantiene el pulmón pleno;
aun no siendo panacea
quizá me lleve a buen puerto
do pueda secar mis penas
y mis lágrimas de duelo.
¡Yo ansío esta circunstancia
desde este marino lecho!