Hoy tengo los brazos caídos.
Agotados los pretextos,
las excusas.
Hoy me he rendido
a la obstinada costumbre de quererte.
A la falta de un rumbo
armé una religión,
le di una cara razonable a mi terquedad
para seguir esta penitencia
hasta tu silencio,
sobre estas calles
de esta ciudad que he inventado
para no depender
de la nostalgia que nos queda:
una mesa de café,
una esquina olvidada,
unas cuantas cuadras,
y ese antiguo bus
que se llevó entre la gente
la ilusión que me quedaba.
El olvido hace su trabajo, es cierto.
Va abriendo y vaciando los cajones
de esta vieja casa,
pero yo ya no soy el mismo.
Ya no me reconozco,
ni ofrezco la resistencia de antes.
Pero hay marcas tuyas
que hicieron campamento
ahí, en el fondo,
donde la memoria no alcanza.
Son como polillas,
que a oscuras
van comiéndose los bordes,
dejando un hueco,
una forma
parecida a eso que nos duele.
Así te descubro en el salitre que deja la marea,
en la ceniza que me abraza
y mancha mis brazos,
en el descuido de la rutina,
en la pálida cara de las tardes de noviembre.
Y te reconozco de golpe,
con una certeza que asusta,
aunque a estas alturas
tenga que hacer un esfuerzo
para acordarme de tu nombre.