Hoy tengo los brazos caídos.
Agotados los pretextos,
las excusas.
Hoy me he rendido
a la obstinada costumbre de quererte.
A falta de rumbo
armé una religión,
te escribí mi credo
y seguí ciegamente esta penitencia
encaminada a tu silencio,
sobre estas calles
entre estos muros que me invento
para no depender de la flaca nostalgia
que nos queda:
una mesa de café,
una esquina olvidada,
unas cuantas cuadras,
y ese antiguo bus
que se llevó entre la gente
la ilusión que me quedaba.
El olvido hace su trabajo, es cierto.
Va abriendo y vaciando los cajones
de esta vieja casa,
pero yo ya no soy el mismo.
Ya no me reconozco,
ni ofrezco la resistencia de antes.
Pero hay marcas tuyas
que hicieron campamento
ahí, en el fondo,
donde la memoria no alcanza.
Son como polillas,
que a oscuras
van comiéndose los bordes,
dejando un hueco,
una forma
parecida a eso que nos duele.
Así
te descubro en el salitre que deja la marea,
en la ceniza que me abraza
y mancha mis brazos,
en el descuido de la rutina,
en la pálida cara de las tardes
de estos días.
Y te reconozco de golpe,
con una certeza que asusta,
aunque a estas alturas
tenga que hacer un esfuerzo
para acordarme de tu nombre.