Carlos Baldelomar

COSTUMBRE

Hoy tengo los brazos caídos.

Agotados los pretextos,

las excusas.

Hoy me he rendido

a la obstinada costumbre de quererte.

 

A la falta de un rumbo

armé una religión,

le di una cara razonable a mi terquedad

para seguir esta penitencia

hasta tu silencio,

sobre estas calles

de esta ciudad que he inventado

para no depender

de la nostalgia que nos queda:

 

una mesa de café,

una esquina olvidada,

unas cuantas cuadras,

y ese antiguo bus

que se llevó entre la gente

la ilusión que me quedaba.

 

El olvido hace su trabajo, es cierto.

Va abriendo y vaciando los cajones

de esta vieja casa,

pero yo ya no soy el mismo.

Ya no me reconozco,

ni ofrezco la resistencia de antes.

 

Pero hay marcas tuyas

que hicieron campamento

ahí, en el fondo,

donde la memoria no alcanza.

Son como polillas,

que a oscuras

van comiéndose los bordes,

dejando un hueco,

una forma

parecida a eso que nos duele.

 

Así te descubro en el salitre que deja la marea,

en la ceniza que me abraza

y mancha mis brazos,

en el descuido de la rutina,

en la pálida cara de las tardes de noviembre.

Y te reconozco de golpe,

con una certeza que asusta,

aunque a estas alturas

tenga que hacer un esfuerzo

para acordarme de tu nombre.