Déjame que te llame,
mujer, que en el bosque apareces,
entre flores y nieves,
brillando tus ojos de fuegos verdes...
Déjame que me asombre,
de los pájaros que andan revolándose,
en tu edén incomparable,
y que llegan en bandadas por tu perfume...
¡Ay, qué dulzura me viertes!
Vente ya por favor, a la flor de mis relieves,
con tu voz clara y leve,
y el amor que tu sonrisa me abre...
Invítame por siempre,
al festín de tus frutas silvestres,
tan exquisitamente,
que a tus años nuevos quiero en adelante...