Con luz.
Salí con luz del trabajo,
no ocurría desde octubre
quizá —me falla la memoria—.
Salí con luz hasta el punto
de dudar si salí a mi hora
o sin intención hice pellas.
No, incapaz de eso —ya lo era
cuando tocaba—, y era la duda
tan invadidora que tuve, por
tranquilizar los nervios, que dar
al play de lo que hice, rebobinar
como solo se hace a una cinta
de radiocasete para cerciorarme
de que me logué en BMS y me fui
de mi sitio deslogado, que me fui
desconectándome del aplicativo
que usamos para recibir llamadas,
etc, etc, y todo ello, toda esa vaina,
porque me sorprendió la luz fuera,
como si entrara en otra fase, otra
pantalla de un videojuego que dice
que voy progresando hacia un fin
que no es un fin sino el comienzo
de una nueva partida... Paranoias.
Y andando —costumbre, buena creo,
que tengo para soltar la mente— me
detuve en que la naturaleza que me
sorprendía fuera opera dentro, que
ese camino de luz hacia el verano
es el mismo que el que transito dentro
cuando una emoción me embarga,
que no es un cambio de pantalla
repentino, como en los videojuegos,
sino que requiere su proceso, lento,
secuencial, como ocurre con el amor
cuando se va instalando dentro.
Esa Naturaleza que admiro fuera
me habita en pequeña sucursal dentro,
y las transiciones equinociales, la duda
en el tiempo que va haciendo, ocurre
dentro cuando un amor entra, que va
penetrando hasta la sangre sin darme
cuenta, que me contamina de luz.
Sí, esa misma Naturaleza.