En un rincón en claroscuro un yogui tocaba el acordeón; los álamos acompañaban la melodía con sus silencios contemplativos, y sus sombras estiradas suavizaban los colores de la urbe. Un coche -modelo de los años cuarenta- traqueteaba, plañidero: un montón de chatarra rodando despacio, somnoliento y perezoso, por el medio de la calle, tan solo en el mundo como el último ejemplar de su especie. Yo estaba por encima de todo, en el balcón de un septuagésimo piso, buscando luz en la lejanía, donde el planeta se curva hacia abajo, cuando ella me llamó desde la azotea. Subí teletransportándome y la encontré allí llorando a riadas lágrimas de alegría y tiritando de calor, arrodillada -quizás rezando un ditirambo, aunque era atea hasta la médula- sobre las baldosas del patio inundado, mudando su piel escamada mientras bailaba al compás de la flauta de un musulmán. Los tan gigantescos como inexistentes dioses celestes brindaron quebrando sus copas. Efecto? Cayó una súbita bruma pegajosa y quedamos impregnados del aroma de los fluidos derivados de la postrera lluvia que fríamente nos fué desinhibiendo, pero en otro tiempo, en un hipotético futuro (me disculpo ya por el siguiente desfase cronológico), porque el ahora -equivalente del tópico \"siempre\"- se había vuelto inaccesible para contrarrestar la apertura de nuestros plexos cardíacos. Ojos profundizando en el bucle como barcas siendo aspiradas al epicentro de un maelstrom; proliferación de sueños confinados en frágiles pompas. En la orilla opuesta se había iniciado el proceso de reconstrucción del puente, que había sido arrastrado por la gravedad del caudal letárgico. El barquero ya no tenía clientes, tampoco los peces mordían su anzuelo, y dormía en un cobertizo edificado sobre una base de arenas movedizas. Ella esperaba su turno tarareando un pandemónium inventado, con un fulgor de ofensa en la cara pálida; siendo precavido me asomé al borde de aquel precipicio urbano para captar una buena panorámica de la ciudad, pero a toda la ilusión de algo real se había superpuesto la niebla. Qué tristeza! Y la razón truncada, dependiente de la lógica absurda e infrahumana! No podía ser así. Ávido de amor volví adonde ella se impacientaba y temí que la contagiosa prisa pudiese tentarme a irme antes de que su piel recuperase las ganas de sentir mi proximidad incompatible. No importa eso, bésame o desfallecerás, me dijo, para colmo desbordante de su característica indiferencia hacia mí, que no me negué a entender tal brote de poiesis como una invitación al abandono carnal (ciertamente ni me vino a la mente la posibilidad de encomendarme a su merced hasta después; entonces la descarté por banal, y lo volvería a hacer). Le respondí quedándome quieto como la nada -sujeto a una idea relativa de lo que debería ser la calma consecuente al clímax tántrico-, y desperté repentinamente dentro del estómago de un dinosaurio, y fue un verdadero alivio: el ambiente se estaba saturando de emanaciones sulfurosas