Con el regalo de la salud, el techo y los alimentos,
merecidos y ganados con esfuerzo,
más allá de la frontera del ego, de lo material y de la necesidad,
quien, a fuerza de experiencia, profundidad y decisión, aprende a sostener sus propias tensiones y a reconciliar sus contradicciones,
comprende que está aquí para dar, no solo para recibir,
para disfrutar y también para cuando toque sufrir.
Deja de habitar la mente como una jaula y la convierte en un universo por explorar.
Y, más allá de los altibajos que, por orden natural, vayan aconteciendo,
o de aquello que fluctúa cuando se altera el equilibrio por causas graves,
alcanza aquello que no es un regalo ni una concesión:
es un derecho conquistado, poco común y, a la vez, profundamente humano:
la emancipación emocional.
Una libertad tejida con la propia sangre,
los pliegues de la mente
y las costuras del alma.
Como caballo de pura sangre, fuera o dentro de la manada,
se reconoce sin necesidad de nombrarlo:
capitán de su alma.