Aquel instante de verte sobre el lino, mientras mi alma esculpe cada relieve de tu cuerpo desnudo, cada lunar como una estrella, el carmín de tus labios y el cauce de tu cadera; ese centro de tu ser que desata mis tormentas y tu cabello negro sobre mis sabanas. Cada detalle se vuelve un santuario donde el tiempo se arrodilla, una danza de sombras y luz donde tu figura se graba en el mármol de mi memoria, atesorando el suspiro de tu piel en la paz de tu descanso.
Es el rito sagrado donde nuestras horas se entrelazan, forjando una alianza que vence al olvido y al frío de la soledad. En esa desnudez del espíritu, los miedos se desvanecen como niebla ante el alba, hallando la fuerza en el refugio de nuestros brazos, unidos por un hilo invisible que aquieta los mares bravíos de nuestras almas.
Ese momento donde mis labios recorren tu espalda, mis dedos naufragando en tu piel canela, cuando el aire que exhalamos se vuelve uno solo y el universo entero se reduce al latido compartido de este mundo que hemos construido para los dos. En ese instante en que mi nombre naufraga entre tus labios y brota como un suspiro... es ahí cuando me abrazas con todas tus fuerzas, por temor a perderme.