El hombre de la orquidea

La cascada de luz

I

Hagamos cuentas, amor, que el tiempo no perdona,

a mi edad los espejos ya no saben mentir;

el alma se desnuda, la máscara abandona,

y solo queda el rastro de lo que fue vivir.

II

Fui ladrón de caminos en mi edad de locura,

de magnolias rasgadas bajo un cielo aprendiz;

robaba aquel minuto de sombra y de ternura,

con la luna por cómplice, constante y feliz.

III

Fui el niño de \"graneadas\", de hurtar el capulí,

buscando en la manzana un sabor de heredad;

forjado entre caídas la vida comprendí,

guardando en el secreto mi propia tempestad.

IV

Dolores vergonzosos que habitan en el fondo,

como piedras de río que el agua no movió;

un silencio de siglos, un abismo tan hondo,

que solo mi memoria con miedo custodió.

V

La soledad tejió su red de jazmineros,

un frío que habitaba aun en la multitud;

fui náufrago de sombras y grises derroteros,

buscando en el vacío mi propia plenitud.

VI

Mi soledad fue tácita, un espejismo extraño,

hasta que tú llegaste, mi Reina de Febrero;

rosada primavera que curaste mi daño,

dándole un sentido místico al sendero.

VII

Creí que nunca estuve físicamente solo,

pero hoy despierto, al fin, de aquel sueño letal;

hace un año y cinco meses perdí mi propio polo,

promesa que se esfuma como un vendaval.

VIII

Al abrir los ojos me hallé más solitario,

desnudo frente al tiempo, esperando un favor;

tal vez algún milagro, tal vez un breve ideario,

que le devuelva el pulso a mi viejo valor.

IX

Tú pasaste en mis brazos cual ola imaginaria,

como un sabor de fruta que el sol tarde besó;

ardiste en mi piel, paloma solitaria,

y el fuego de tu esencia mi rastro incendió.

X

Quisiera que mi vida fuera esa torre erguida

donde crecen tus flores, tu aroma y tu sol;

un jardín de orquídeas, azucena encendida,

tulipán y girasol bajo un mismo crisol.

XI

Pero el sueño termina. Vuelvo a mi realidad,

a la lucha constante con este amor grabado;

mi norte está marcado por tu propia verdad,

aunque el pecho agonice de tanto haber amado.

XII

Si soy motivo de agravio, que el Cielo me reclame,

que Dios me lleve pronto si herí Tu majestad;

pero me quedo con tu luz, antes que el alma desame,

con tu primavera eterna y tu mística bondad.

XIII

Mis manos son pequeñas, mis cuencas son estrechas,

para tanta cascada de luz que tú me das;

ese hilo de oro que une nuestras fechas,

el rastro de una vida que no mira hacia atrás.

XIV

El hilo rojo sigue trenzándose sin rumbo,

buscando aquel encuentro que el tiempo nos robó;

ya sea en la cabaña, o donde el río da rumbo,

o en el café bendito que el alma prometió.

XV

En el Santuario del Cisne o en el frío del Cajas,

donde tanto soñé caminar junto a ti;

que mi existencia alcance, entre nubes y bajas,

¡para hallarte de nuevo y decirte que sí!