Efrain Eduardo Cajar González

A Octavio Paz

I
En la palabra hallaste el laberinto
donde el tiempo se mira y se deshace,
y en cada verso, claro y distinto,
la soledad su forma reconoce y nace.
No fue el silencio ausencia en tu camino,
sino materia viva del decir,
un territorio abierto y cristalino
donde el lenguaje aprende a existir.

II
Hijo del viento y de la duda honda,
de México y su espejo sin final,
nombraste la herida que no se nombra
y la volviste voz universal.
Entre máscaras viste el rostro humano,
entre historia y sueño, identidad,
y en ese cruce lúcido y temprano
fundaste una poética de verdad.

III
Tu verso fue claridad en combate,
luz que interroga sin descansar,
no se detiene en lo inmediato,
ni teme al fondo de pensar.
Escribes como quien abre puertas
que no se cierran al cruzar,
y en cada línea quedan abiertas
las formas de cuestionar.

IV
El tiempo en ti no fue medida,
sino conciencia de su fluir,
un instante que arde en la vida
y que en la palabra quiere persistir.
Presente eterno, llama encendida,
que no se deja capturar,
pero en tu obra queda prendida
como un latido por nombrar.

V
Amor y lenguaje se entrelazan
como dos cuerpos en tensión,
y en ese encuentro se desplazan
los límites de la razón.
Tu palabra toca lo invisible,
lo hace cercano y real,
y en ese gesto imposible
el mundo se vuelve esencial.

VI
El poema, en tu voz, es puente,
entre el yo y lo que no es yo,
una grieta transparente
por donde el ser se reveló.
No es refugio ni es ornamento,
ni simple forma de expresar,
es un acto de conocimiento
que no se deja terminar.

VII
Viajaste entre culturas y lenguajes
como quien busca un mismo centro,
y en cada paso, en cada viaje,
encontraste un eco dentro.
Oriente y Occidente dialogaron
en tu mirada sin división,
y en ese cruce revelaron
una más amplia comprensión.

VIII
Fuiste lector del tiempo y del instante,
crítico del mundo y de su voz,
no para negarlo distante
sino para pensarlo en profundidad feroz.
Tu palabra nunca fue cómoda,
ni buscó el fácil asentir,
fue siempre una llama incómoda
que obliga al hombre a decidir.

IX
En la poesía encontraste
no un escape, sino un lugar,
donde el ser se enfrenta y se comparte
y aprende a no disimular.
Y así tu obra permanece
como un espejo sin final,
donde quien lee se reconoce
en su pregunta esencial.

X
No fuiste solo un poeta,
sino conciencia en expansión,
una voz que interpreta
el pulso de la creación.
Y en tu escritura se revela
que el lenguaje es más que voz,
es una forma que desvela
lo que somos frente a Dios.

XI
Octavio, tu nombre resuena
más allá de toda nación,
como quien deja una cadena
de pensamiento y reflexión.
No hay tiempo que apague el eco
de lo que supiste decir,
pues en tu obra vive intacto
el arte de existir.

XII
Así te nombro en este canto
no como figura lejana,
sino como un pensamiento
que aún nos mira y nos llama.
Porque en tu palabra persiste
una pregunta sin final,
y mientras alguien la escuche,
tu voz será inmortal.