Nos honra cuando lo ofrecemos,
nos libera y nuestra alma calma;
al perdonar a quien te ofende,
muestras tu temple y tu sosiego.
Porque el otro supo tratar con respeto
a su semejante, sin envidia ni miedo,
juzgando en todo momento qué está sintiendo.
Al pagar con vil venganza,
nuestras propias manos mancha;
nuestro espíritu se quiebra,
y la paz nadie halla.
Siendo esto lo más difícil:
acallar nuestro demonio interior.
No es fácil, pues no tiene orgullo,
ni ambición, ni padece de envidia;
tampoco conoce el perdón,
solo se alimenta de nuestro valor.
Por eso es el guerrero más valiente,
aquel que sonríe siempre.
Hay que elegir bien qué batallas luchar,
pues no todas se podrán ganar;
las batallas valen energía
y posponer un conflicto no es cobardía.
No todas las guerras son luchadas con armas,
pero sí todas las hacemos los humanos con nuestras manos.
Dañando a quien perdonó y a quien nos enfrentó,
menos a quien lo ordenó...
Olvidando que ese poder
solo debía estar en la guadaña
que porta la muerte.