En la
semana santa
mi madre se abstraía.
Decía que el aire olía
a crisantemos y que dejaban
de croar las ranas.
Que el musgo húmedo
parecía desplomarse de los
altos eucaliptos.
Y que al oír el canto de los padres
franciscanos, la semana santa
era como volver a casa.
L.G.