También yo me enamoré, mas no soy Narciso.
Él quedó atrapado en su falsa imagen,
yo me enamoré de mi ser divino.
Narciso buscó su cara dentro del río,
yo jamás busqué nada salvo en mí mismo.
Yo no miro en el agua de un río estancado
ni me devuelve el viento un eco vacío.
Narciso persiguió un rostro que fue inventado
y yo vivo al albur de mi propio sino.
Soy mi propio dueño y mi propio amigo,
el amante fiel que ignora el terrible olvido.
De tanto buscar, por fin ya lo he comprendido:
Dios nunca ha estado lejos, sino conmigo.